
La primera novela latinoamericana que leí fue Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez. Me pareció una obra colorida, llena de imágenes inéditas; pero me hizo sentir muy poco. Lo mismo con sus ficciones breves. Admiro el don pintoresco de García Márquez, ¿pero qué tengo que ver yo con un personaje a quien le nacen girasoles de las heridas?
Seguí leyendo a García Márquez porque, queriendo desarrollarme como escritor en el idioma español—mi primer idioma—, es lo que pensé que tenía que hacer.
Leí también al argentino Jorge Luis Borges. El libro de arena y sus Cuentos completos contienen algunas de las ficciones breves más originales que he leído. Borges poseía un intelecto superior. Sus obras son como rompecabezas. Leerlo significó pensar y analizar mucho; pero, en mi caso, nuevamente, también significó sentir poco. ¿La biblioteca infinita en uno de sus cuentos? Interesante, pero no tan impactante.
Para ese entonces, ya mi brillante abuela llevaba años volviéndome loco, diciéndome una y otra vez que tenía que leer a Mario Vargas Llosa. Me resistí, porque yo llevaba años leyendo a escritores latinoamericanos casi que por propia obligación, como cuando había que leer—o pretender leer—en la escuela el Quijote o la Odisea.
Sin embargo, ella insistía. Por encima de todo, me decía que tenía que leer la primera novela de Vargas Llosa: La ciudad y los perros.
Una novela me parecía una inversión demasiado riesgosa para un escritor que jamás había leído, así que acepté comprar y leer una colección de ficciones breves de Vargas Llosa titulada: Los jefes, Los cachorros.

Si no fuera por este libro, jamás habría escrito mi primer libro de ficciones breves en español. Tengo total certeza de ello.
No podía creer que estaba leyendo palabras e historias que se parecían a mi infancia, a mi adolescencia, a mi adultez, al mundo real, y todo en mi lengua materna.
Leí el cuento Día domingo en unas horas, y dominó mi consciencia por semanas.
El relato inicia con el protagonista, Miguel, confesándole a Flora que está enamorado de ella. Flora se sonroja y Miguel siente terror. Se intuye que él había ensayado este momento por mucho tiempo, y que no salió como él quería. Ambos están en la escuela y a ella la mamá no la deja salir con chicos, o por lo menos eso le dijo ella. Qué desastre.
Lo peor del caso es que hay un tipo de esos, Rubén, que quiere algo con Flora por relajo, y se lo restriega a Miguel. En sus propias palabras: «Estás picado porque le voy a caer a Flora. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas?».
Miguel le responde: «Eres pura pose».
Sí. Finalmente.
¡Así habla la gente real!
Ahora, a pesar de que Rubén era supuestamente un gran nadador (dizque la gran vaina, como diríamos en Panamá), decidieron que harían una carrera de natación—borrachos, claro—en el océano Pacífico a la orilla del barrio Miraflores en Lima, Perú, donde vivían. Si Miguel ganaba, Rubén no le caería a Flora; si Rubén ganaba, Miguel tenía que «irse con la música a otra parte».
Lo que sigue es una narrativa monumental que parece de la Odisea, excepto que trata de dos adolescentes normales, Miguel y Rubén, compitiendo apasionadamente, uno por amor y el otro por honor.
En fin… Rubén casi se ahoga, Miguel lo salva, sus amigos lo celebran, y el cuento cierra así:
«Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado».
Estoy seguro de que lloré al llegar al final de esa última oración.
Al fin: Una literatura real.
Los amigos hablaban de las «hembritas» y se insultaban entre ellos: «Sucio, pulguiento, sí, señor, un pajarraco de la pitri-mitri».
No había personajes con girasoles en sus heridas.
Había personas reales. Como en la vida.
En cuanto terminé Los jefes, Los cachorros, compré de inmediato La ciudad y los perros en su edición conmemorativa de la Real Academia Española.


Lo leí sin parar. Cuando tenía que ir a mi trabajo de oficina, lo seguía leyendo en mi mente, pensando en lo que había pasado e imaginando lo que habría de pasar. Cuando salía del trabajo y llegaba a mi casa, abría el libro y me sumergía en él. Así por semanas, hasta que lo terminé.
Hasta hoy 13 de abril del 2025, he leído aproximadamente 260 libros en múltiples géneros e idiomas.
Si tuviera que escoger sólo un libro de mi colección, sería La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, escrito originalmente en mi primer idioma, el español, y encima en un español innegablemente latinoamericano.
La ciudad y los perros y Vargas Llosa representan un orgullo continental que espero siempre sirvan de evidencia frente al mundo de que la literatura latinoamericana no tiene nada que pedirle a la estadounidense o a la europea o a ninguna otra.
Tenemos un serio problema en Latinoamérica y es que a menudo no apoyamos a nuestra propia gente. No creo que sea distinto con Vargas Llosa, pero sé que habemos muchos que siempre buscaremos mantener vibrante su legado.
Volviendo a La ciudad y los perros…
La novela comienza con un grupo de amigos en el baño de un colegio tirando dados a ver a quién le toca llevar a cabo una misión crucial. Cava perdió, así que a él le tocaría hacer lo que había que hacer.
Las siguientes cuatro páginas están conformadas por una narrativa intensa y llena de suspenso que parece Misión imposible en sus mejores momentos.
Luego, la gran revelación, el motivo de la misión. El Cava logra robar lo que necesitaban los amigos con tanta urgencia, y lee el tesoro: «Examen bimestral de química. Quinto año. Duración de la prueba: cuarenta minutos».
Recordé haberme copiado en un examen de química orgánica en sexto año y recordé haber fracasado ese mismo año el último trimestral, también de química—¿qué culpa tengo yo de que al último momento el profesor haya prohibido tener una hoja con las fórmulas?

Por el resto del libro, recordé.
Recordé la cultura del juegavivo. La violencia combinada con el amor de familia, al igual que las tantas familias que patrocinan horrores en defensa del apellido. Las amistades reales entre varones que se quieren, pero que lo esconden con insultos (¡mientras más homofóbicos, mejor!). El morbo y lo ofensivo; pero también la chispa y el humor. La jodedera, claro. El machismo irreversible y el feminismo mal entendido, que algunos de alguna manera logran superar. La hipersexualización de la persona, que coexiste con un romanticismo de algún siglo pasado. La tiranía y la corrupción sistémica, y la gente común que sufre por ambas.
También reviví muchas experiencias.
Reviví cuando me daba pena bailar en los quinceaños mientras deseaba ser menos tímido, como la otra gente que me parecía que lo sabían todo y no temían a nada. Todas las vulgaridades que crecí escuchando. Estar en un lugar o un trabajo o una relación por presión social, soñando al mismo tiempo vivir en otra ciudad, haciendo otro oficio, estando con otra mujer. El culto a la apariencia, a quién tiene más plata, y el creerme todo ese cuento y crecer con mucha inseguridad como consecuencia de ello.
Reviví haber hecho relajo con mis amigos en la escuela para escapar de la realidad que me esperaba fuera de la escuela más allá del sonar del timbre que marcaba el fin de otro día de clases.
Reviví llorar en mi cama siendo niño, sintiéndome profundamente solo, y, tal vez gracias a esta experiencia revivida, comencé a ver por primera vez aquellos destellos de momentos tras escena en donde resulta que siempre había alguien haciendo todo lo posible por acompañarme.
Podría escribir un libro entero sobre cómo La ciudad y los perros cambió todo para mí, porque realmente lo hizo.
En lo que a este texto concierne, me limito a recomendarlo sin condiciones.
Es el mejor libro que he leído en lo que llevo de vida.
Es una obra maestra.

El ímpetu detrás de este texto es doloroso: Hoy 13 de abril del 2025, falleció Mario Vargas Llosa.
Lo he llorado como si lo hubiese conocido.
Más allá de seguir lamentando semejante pérdida para las artes latinoamericanas y universales—y para mí—, quisiera agradecerle.
Gracias, maestro Mario Vargas Llosa.
Nunca lo pude conocer; pero, gracias a su literatura, tengo certeza de que usted sí me conoció.
A través de sus palabras recuperé tramos enteros de mi vida que había enterrado para poder sobrevivir, y desde ahí logré trazar un camino más claro hacia adelante, sabiendo al fin la dirección en la cual la vida me había estado empujando desde que nací.
Logré conocerme a fondo y logré crecer gracias a ello.
En mi vida resaltan unas cuantas experiencias de trascendencia total.
Una de ellas siempre será el haber leído La ciudad y los perros por primera vez.
Muchas gracias, don Mario.
Y larga vida a sus letras.
P.D.: Por cierto, mi cuento «Feliz cumpleaños» de mi libro Bebé azul—pienso que mi mejor cuento hasta la fecha—sólo existe porque leí Los jefes, Los cachorros y La ciudad y los perros. Así que, aparte de cambiar mi vida, gracias por enseñarme tanto sobre cómo escribir literatura de verdad. Quisiera pensar que no le habría molestado ver tanta influencia suya en una obra ajena… ¡Gracias!
Manuel Vallarino
13 de abril del 2025
Los Ángeles, California, EUA